Apasionado lector, nos acompaña en una de sus experiencias más impactantes, las lecturas de Edgar Allan Poe, cuando se cumplen dos siglos del nacimiento de este controvertido escritor, renovador del género gótico y la novela de terror.

Xavier Barrios, licenciado en Filología Hispánica

Tuve la suerte de dar mis primeros pasos como lector en un mundo abonado a este tipo de un mundo que quedaba ya muy lejos de las estrecheces de la posguerra. En el universo de la literatura juvenil había, por aquel entonces, una serie de nombres que sonaban con una fuerza especial: Enid Blyton, Stevenson, Verne, Salgari… Y, en medio de esa constelación, brillaba con luz propia un escritor de vida llena de infortunios pero creador de una literatura que aún hoy sigue conquistando lectores: Edgar Allan Poe, de quien se conmemora este 2009 el segundo centenario de su nacimiento. No sabía entonces, por supuesto, que estaba considerado uno de los grandes clásicos de la literatura universal, inventor del género policíaco y de terror. Pero sí sabía que la lectura de sus cuentos tenía la capacidad de provocarme experiencias tan vívidas que parecían reales.

Imaginación hipersensible
Recuerdo sobre todo (y las imágenes de ese recuerdo todavía infunden desasosiego) los días que pasé en compañía de La narración de Arthur Gordon Pym, la única novela que llegó a escribir. Es una obra que se suele tener poco en cuenta en este año de celebraciones. Siempre se habla de las obras más conocidas: El gato negro, El escarabajo de oro, Los crímenes de la calle Morgue… Pero para mí fue una experiencia imborrable, un viaje enfebrecido a bordo de un barco que parecía impelido a sufrir las más espeluznantes calamidades. No es que Poe se complaciera con la sangre y el horror por una cuestión de morbo, como sucede hoy en día con tanto aprendiz de artista, sino que las historias que escribía emanaban de una imaginación hipersensible y (por qué no) habitualmente anegada de alcohol.

¿Cómo que para qué?
Después de lo que acabo de evocar, supongo que será fácil entender que me quedé pasmado cuando alguien, no necesariamente un adulto, me viene con la tan manida pregunta de ¿para qué sirve leer? Leer sirve para muchas cosas y para cada lector representa algo distinto. Leemos para distraernos, es decir, para aliviar el aburrimiento; para vivir vidas que de otro modo no estarían a nuestro alcance, para aprender cosas, para sentir, para reír (aunque un ataque de risa en un vagón de metro atestado pueda resultar embarazoso) y para llorar. Pero hay otra potencialidad de la lectura que no me parece menos importante y que se suele olvidar: leer cambia el mundo, leer nos mundo, modifica la forma que tenemos de entenderlo, de percibir la realidad, de conceptualizar la vida. Esto sucede, sobre todo, en los años de formación, de adolescencia, como es lógico, pero también (y es lo que resulta más relevante) en la edad adulta. Porque hay escritores cuya visión es tan radical, tan honda, que son capaces de dinamitar el mundo (el mundo mental) de todo aquel que ose acercarse. Es la capacidad que tiene Pessoa o el poder de Borges. Son autores peligrosos, porque nunca es posible saber si nuestras convicciones más firmes saldrán indemnes una vez hayamos leído sus palabras. Pero son precisamente estos autores los que nos permiten llegar a ser lo que somos, lo que estamos capacitados para ser, lo que queremos ser. Otra utilidad de la lectura es la que explicaba un profesor a propósito no de los libros, sino del latín, el summum de las inutilidades para muchos. Un día, alguien le hizo la dichosa pregunta, y esta fue su respuesta: “¿Que para qué sirve el latín? Pues muy sencillo, a mí me ha servido, cuanto menos, para dar de comer a siete hijos. ¿Le parece poco?”.

Una vida trágica
A menudo parece como si un artista debiera necesariamente ser alguien de vida turbulenta, como si el talento literario fuera una emanación de los conflictos vitales. Esto sólo es cierto en determinados casos y podrían aducirse los nombres de muchos grandes escritores de vida de lo más burguesa. Sin embargo, en el caso de Poe sí se corresponde una obra de gran valor con una vida trágica. Edgar Allan Poe nació en Boston el 19 de enero de 1809, hijo de actores. Su padre era alcohólico y, cuando Edgar tenía tan sólo dos años, huyó de casa, muriendo muy poco después. Su madre sólo sobrevivió un año y murió cuando Edgar no había cumplido aún los cuatro años. El futuro escritor fue adoptado por los Allan, una familia acomodada y conservadora que muy pronto se trasladó a Inglaterra, y el niño fue llevado a un internado, donde experimentó la soledad. En 1820 la familia regresó a América, pero Edgar se había convertido en alguien reservado, callado, que se alejaba progresivamente del mundo exterior que tanto le había hecho sufrir. No mucho tiempo después ingresó en la universidad donde empezó a caer en el juego y la bebida. A partir de aquí, su vida fue sólo la conflictiva búsqueda de una estabilidad que nunca halló. Se casó con una prima suya, pero esta murió de tuberculosis sólo un año después. En realidad, Poe vivía permanentemente en una montaña rusa que lo llevaba a etapas de entusiasmo para hundirlo después en la depresión. Así fue durante toda su vida, hasta morir en 1849 en una crisis de delirium tremens. Tuvo tiempo, sin embargo, para construir una obra imperecedera, con narraciones que se han convertido en clásicos de la literatura de terror y misterio como El pozo y el péndulo, La carta robada y El retrato oval.