Quienes hayan mirado la cartelera con detenimiento, habrán encontrado seguramente, entre toda la vorágine de películas navideñas, casi todas dirigidas al público juvenil e infantil, algún que otro film más familiar y con mensajes de fondo. Es el caso de «Un lugar para soñar«, un largometraje discreto, sin grandes pretensiones, pero cuyos mensajes son cargas de profundidad en lo referente a conceptos como Educación, superación y en definitiva, aprendizaje vital.
El relato, basado en una historia real, parte de una situación difícil: la pérdida de un ser querido, en este caso una esposa y madre. El transcurrir de la película lleva al espectador a experimentar las dificultades emocionales por las que pasa una familia joven cuando fallece uno de sus miembros. Por una parte, describe el esfuerzo que debe realizar una persona adulta para superar el trance de una pérdida de este calado y a la par ayudar a sus hijos a asumir la más importante lección vital, que no es otra que asumir que al igual que la existencia tiene un inicio, también tiene un final y que esto es aplicable a todos, no sólo a uno mismo.
Por otro lado, la película traslada un mensaje de esperanza, de que es posible volver a empezar, aunque para ello sea necesario gastar ingentes cantidades de energía, buena voluntad y trabajo. Y finalmente, lanza la idea de que trabajando en equipo las dificultades se superan más fácilmente.
La transmisión de estos valores, esfuerzo, trabajo, unión, diálogo, no es baladí en los tiempos que corren. Por eso, si puede, no deje de ver películas como esta: le llenará de buenas vibraciones y aprenderá algunas lecciones. Gracias a este tipo de cintas, el cine puede ser, de nuevo, un lugar para educar.