El cómic no siempre ha recibido la atención que realmente merece no sólo como creación sino como motor de la imaginación y cuna de la lectura madura para varias generaciones. Aunque tiene antecedentes en la Antigüedad, concretamente en Egipto, la historieta o cómic, tal y como se concibe hoy tiene su origen a finales del S.XIX y principios del XX. Empezó como una tira gráfica en distintos periódicos y acabó tomando entidad propia.

Una de las muestras más exitosas de este formato y con el que prácticamente han aprendido a leer y a divertirse leyendo varias generaciones, es Tintín y sus aventuras, que empezó a poblar las primeras páginas impresas allá por 1930. Hoy, está de plena actualidad porque se estrena una versión cinematográfica dirigida por Steven Spielberg, en la que tecnología y tradición se aúnan para seguir llevando las hazañas de este periodista pelirrojo y su perro Milou a nuevas generaciones.
Pero lo interesante de este momento no es la película en sí misma, cuya visión recomendamos en cualquier caso, sino la oportunidad que da al género del cómic para reivindicarse como un arte más y un bien cultural sin precio. ¿No es, acaso, una herramienta fantástica para enamorarse fácilmente de la lectura? ¿No es también un canal ideal para transmitir conocimiento a las generaciones más jóvenes? ¿No es también una vitamina de primer orden para la imaginación de grandes y pequeños?
La lectura enseña a ser críticos con la realidad, al contrastarla con otros mundos posibles, con caminos sin transitar. Y el cómic, de la mano de Tintín o de tantos otros personajes, ayuda a los más jóvenes a adentrarse en la lectura sin dificultad, de forma natural. La deuda con autores como Hergé, no es sólo por la creación de esas figuras y sus vivencias, sino por haber abierto otra puerta más para la cultura y el aprendizaje, una puerta que lleva a un mundo de recuerdos imborrables y un futuro siempre por escribir.
Por eso, gracias Hergé y esperemos que esta película no defraude su memoria…