De cuando en cuando saltan a la gran pantalla películas que, de forma simbólica, nos ayudan a entender nuestra realidad y la que nos rodea. En los hogares donde algún hijo o hija ha llegado a esa edad difícil que es la adolescencia, resultará familiar el eco de las rabietas, los desplantes, los cambios de humor y las fantasías. En esos años, el comportamiento impredecible se convierte en parte del día a día, aunque eso no lo hace más soportable … el cambio hormonal, y el paso por un momento clave, en el que se determinan rasgos decisivos para el carácter y la vida posterior de la persona, hacen que el adolescente aparezca ante los ojos de padres, educadores y tutores como un individuo en busca continua de sí mismo, y a la vez, siempre perdido…
Esta es, en resumen, la situación que pinta, de forma naïf, Stella, un largometraje francés protagonizado por una niña-mujer, todavía muy joven, apenas adolescente, que vive las contradicciones de su edad y empieza a rearmar su personalidad tras despertar a realidades veladas en su etapa anterior, la de la infancia y su inocencia. El cuadro, semicostumbrista, permite analizar las relaciones de la adolescente con sus profesores y educadores en el instituto, pero también con sus padres y sus entornos familiares, o las relaciones sociales, tan complejas en ese periodo.
Las malas notas, la falta de atención en clase, el desinterés por los libros y el repentino interés por el entorno social, son problemas comunes a muchos adolescentes. Con frecuencia, la salida fácil es culparles sin más. Stella nos muestra que para entenderles hay que pararse a escuchar y empatizar; comprender las contradicciones por las que pasa un adolescente puede darnos las claves para ayudarle. Nadie dijo que fuera fácil, pero es parte de la ineludible tarea que corresponde tanto a padres como a los profesionales de la Educación.