La educación de los jóvenes ha sido, y continúa siendo, uno de los principales retos de todo sistema social avanzado. A través de los valores y conductas que somos capaces de ofrecer y mostrar a nuestros hijos tomamos nuestra responsabilidad en el diseño del mundo futuro formando adultos responsables; un futuro incierto y, a la vez, ¡lleno de esperanza!

Si observamos con atención la sociedad actual nos damos cuenta de que ésta se ha visto sometida a importantes cambios a lo largo de los últimos años:
– la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral remunerado
– la agudización de la competencia y la competitividad en el trabajo
– el desarrollo de nuevas tecnologías de la comunicación y del proceso de la información
– el acomodo de una numerosa y creciente población inmigrante en los distintos estamentos de nuestra sociedad
– la acumulación progresiva, y a menudo desordenada, de riqueza material
– el aceleramiento constante de nuestro ritmo vital (con la angustia de compaginar una infinidad de iniciativas a emprender con un tiempo excesivamente limitado)
– la entrada en vigor de nuevas leyes que amparan un marco moral y ético menos restrictivo
– la amenaza de la crisis económica y de la posible reducción de nuestros ingresos….
Todos estos factores han transformado profundamente el escenario de las relaciones familiares y, especialmente, las pautas que guían las interacciones entre padres e hijos.
El marco actual en el cual se desarrolla el crecimiento y la educación de nuestros hijos es muy distinto al que nos tocó vivir en su día con nuestros padres. La mayoría de las cosas que aprendimos de ellos no tienen vigencia para las nuevas generaciones. Donde antes prevalecía la seguridad y el conocimiento de la experiencia encontramos hoy incertidumbre. No acabamos de encontrar un punto de equilibrio entre el modelo autoritario que recibimos y un exceso de permisividad que hoy en día nos debilita. Y nos cuesta acostumbrarnos a movernos en este ambiente de cambio continuo; incluso tropezamos con dificultades para definir claramente quiénes creemos que somos en nuestra dimensión de padres.
Parece importante encontrar en medio de todo este movimiento constante un punto de referencia que nos permita conectar con nuestra estabilidad y, desde ella, marcar el rumbo que queremos trazar para nuestras vidas en nuestros roles de madres y padres.

Tomemos un respiro… Permitamos que el aire entre y salga larga y pausadamente de nuestros pulmones, y dejemos de lado la aceleración que constriñe nuestras mentes. Sintamos a través de la respiración nuestro auténtico ritmo vital, y desde ahí nos resultará más fácil identificar esos puntos de anclaje que precisamos para ordenar este aspecto de nuestra existencia…
El Coaching Transformacional aparece como una nueva alternativa para gestionar de la forma más óptima posible nuestra interacción con nosotros mismos y con los demás.
En su especialidad de Coaching para Padres, el Coaching Transformacional nos orienta en la búsqueda de nuestra identidad de padres y madres a través de tres preguntas básicas:
– qué valor o valores fundamentales me inspiran para ser padre o madre
– qué habilidades y capacidades estoy empleando exitosamente en mi interacción con los miembros de mi familia
– cuál es el camino que intuyo que me puede acercar a mi máximo potencial como padre o madre para poder ofrecer a mis hijos la mejor versión de mí y de sí mismos.
Es responsabilidad del coach acompañar a la madre y al padre en la construcción de una respuesta propia, adecuada y útil a cada una de estas cuestiones. Este proceso de búsqueda nos permite como padres generar una visión poderosa de nosotros mismos para accionar de la forma más adecuada posible con todos y cada uno de los interlocutores que desempeñan un papel significativo en la educación de nuestros hijos. Ahondando en el conocimiento de mis principales valores y capacidades como madre o padre somos capaces de construir estrategias eficaces para que el cuidado y la educación de nuestros hijos se convierta en una tarea estimulante y enriquecedora, tanto para ellos como para nosotros.
Unos padres conscientes de sus responsabilidades y dueños de su propio liderazgo pueden ofrecer a sus hijos unos buenos cimientos para su desarrollo como seres humanos.