De los periodos de crisis surgen siempre buenas ideas y de cualquier bache se debe salir con una lección bajo el brazo. Este es el reto al que nos enfrentamos: aprender de los errores cometidos para no repetirlos. Como siempre se han dado circunstancias ajenas al individuo o la empresa y por lo tanto incontrolables por los mismos; movimientos bursátiles, desajustes en la oferta y la demanda, burbujas y otras variables macroeconómicas. Pero lo cierto es que también hay factores de un ámbito más cercano sobre los que sí podemos influir y a menudo los pequeños cambios en el ámbito particular pueden llegar a generar grandes cambios en el colectivo y finalmente en las grandes variables socio-económicas…
Entre las causas de que España esté llevando peor que otros la salida de la crisis se apunta desde distintas estancias a su falta de competitividad y esta a su vez está causada por la mala gestión de dos factores claves: la investigación y la formación, ambas íntimamente relacionadas y de algún modo a nuestro alcance como empresas y profesionales ya que estas son las que cada a una en su medida tienen los recursos para invertir en investigación y desarrollo, y aquellos los que almacenan el capital intelectual necesario para crecer y hacer crecer.

¿Hemos realizado en los últimos años el esfuerzo necesario tanto en investigación como en formación para mejorar nuestra competitividad? Los datos de la OCDE indican que no, y nos colocan muy atrás entre los países de nuestro entorno en esos ámbitos y en términos de competitividad. Puede existir una parte de responsabilidad en el Gobierno, por no incentivarlas pero quizás las empresas debiéramos preguntarnos si no tenemos también nuestra parte de responsabilidad por no haber apostado lo suficiente por estas líneas de desarrollo.
Por ejemplo, restringiéndonos al ámbito formativo, en el año 2008 la fundación tripartita para la formación y el empleo gestionó un fondo de 1.427 millones de euros para formación (gratuita para la empresa ya que se realiza a cargo del pago por seguridad social incluido en las nóminas) pero al menos 200 millones se quedaron sin utilizar por falta de demanda. En 2009 y 2010 esos fondos superan ya los 1.500 millones de euros pero sigue persistiendo un excedente en esta partida por falta de uso. Aún con avances la formación subvencionada todavía está siendo desaprovechada por un 58% de las medianas empresas y un 86% de las empresas con menos de 10 empleados. En un país donde el peso de la pyme sobre el conjunto de la economía es tan importante, este dato no puede pasar desapercibido.

¿Cómo se explica que las pymes no estén aprovechando un recurso gratuito como este? ¿Acaso seguimos considerando la formación un gasto de tiempo y no una inversión? ¿No tiene valor en absoluto? ¿Creemos que una mejor formación de nuestros empleados puede llevarles a huir a otras empresas o pedir mayores sueldos? ¿Es tan difícil el acceso a la formación subvencionada? Probablemente la causa sea múltiple pero en cualquier caso es necesario aclarar algunas ideas falsas. Lo primero es que la formación es siempre una inversión ya que redunda en una mayor productividad y en la mejora de la calidad, ambos factores claves para la competitividad. En segundo lugar la formación se ha demostrado como un elemento utilísimo para la retención de los trabajadores, sea porque lo entienden como un complemento retributivo o porque les permite mejorar en su desempeño. Finalmente es necesario exigir a la Administración que mejore en la comunicación de estas ayudas y el acceso a las mismas.
En momentos como el actual es más necesario que nunca incidir en la necesidad de incrementar la formación en las empresas. Sólo valores de futuro como la formación y la investigación permitirán mejorar nuestra competitividad como empresas, como profesionales y como país. El trabajo y el esfuerzo constante de cada uno se verá así sin duda reforzado y permitirá vislumbrar un mañana mejor para todos. Con seguridad es una de las lecciones que nos dejará esta crisis.

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