En filosofía se entiende que de los hechos pasados podemos extraer grandes lecciones. El presente artículo busca las enseñanzas pioneras de los griegos respecto a la docencia y su útil repercusión en el panorama actual.

En la época dorada del pensamiento griego tuvo lugar uno de los antagonismos más comentados de la historia de la filosofía, a saber: la oposición entre los sofistas y Sócrates. Los llamados sofistas (del griego sophós, sabio) recorrían distintas ciudades en busca de aprendices que normalmente pagaban grandes cantidades de dinero por escuchar las palabras de los expertos viajeros. Tal adiestramiento, debía capacitar al aprendiz para poder defender cualquier tesis mediante el uso de la retórica. La sofística consistía pues, en el arte de usar el pensamiento para persuadir (convencer) a un interlocutor de un argumento cualquiera sin dar importancia a su certeza o falsedad.
Sócrates difería totalmente de este tipo de educación. Por el contrario, defendía una enseñanza al servicio de la verdad, y reivindicaba el uso de la razón para determinar la validez de los argumentos. La sabiduría que vendían los sofistas tenía muy poco valor para Sócrates, quien apostaba por un saber objetivo y al alcance de todos, pues todos poseemos la capacidad de razonar.
Dicho esto, puede verse que en este período de la cultura griega –al igual que hoy- no había un criterio único sobre la manera de enseñar. Las grandes preguntas que formularon los griegos aún nos revelan incógnitas y retos sobre la docencia, no resueltos. Las nuevas generaciones de alumnos, deberían tener en cuenta ambos puntos de vista. El presente sistema neoliberal favorece al “sofista” que tiene la capacidad de abstraer la técnica requerida para triunfar en sociedad; pero viendo el perjuicio que puede derivar de ello, se hace necesaria una visión más fiel a la verdad y una postura menos egoísta. No hay que desacreditar a los sofistas ni alabar a los socráticos; en el fondo, ambos tienen algo en común: la motivación por alcanzar un objetivo (ya sea el éxito o la verdad), y esta postura es la que nos hace avanzar: la simple predisposición a la autosuperación.