Con frecuencia nos obsesionamos con elaborar métodos complejos y rodearnos de tecnología en la idea de que esto nos ayudará en la siempre difícil labor de educar. Sin embargo, en lo sencillo, en la esencia, está casi siempre la clave de cómo educar ya que permite al alumno desarrollar su imaginación, ser creativo y encontrar sus propias respuestas a los problemas que se le plantean.
Quienes ya son educadores o padres han comprobado una y mil veces que los niños, sobre todo a edades tempranas, son capaces de prestar más atención al envoltorio de un regalo que a su contenido. Lo toman con sus manos, lo manipulan y crean con papel o con cartón nuevos juguetes, extremadamente simples, con los que se divierten más que con una máquina o un juego electrónico, por ejemplo. En la simpleza de un objeto como un trozo de papel o una caja de cartón, los niños encuentran posibilidades para inventarse mundos imaginarios en los que dar un nuevo uso a estos objetos, que precisamente por su simpleza son desechados normalmente por los adultos.
Y es que el mundo interior no encuentra fácilmente su lugar entre los circuitos de un aparato electrónico, o un juego con normas cerradas. Sin embargo, cualquier objeto o juego simple, es una puerta abierta de par en par para el despliegue de todo ese potencial de imaginación y creatividad. De la misma forma, en lo sencillo, pueden encontrarse las claves para una enseñanza más creativa y participativa.
Aprendamos, pues, a encontrar en lo sencillo la clave para enseñar. Sólo así permitiremos a nuestros alumnos hacerse preguntas e imaginar respuestas, ser creativos en la resolución de problemas y participar activamente en el proceso de aprendizaje.
No tengamos miedo a la novedad, ni al error, pues ambas son fundamentales para la adquisición de habilidades, de experiencia y de conocimientos.  No esperemos más, empecemos cuanto antes.

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