Al hablar de fracaso escolar no se da siempre la importancia real a cuestiones como la prevención. A menudo, mucho antes de que lleguen las malas notas, la desmotivación y la falta de interés en el alumno, pueden detectarse claves que indican el inicio de esa deriva.
Pero para percibir esos cambios en el niño, el adolescente o joven, es necesario que quienes estén más cerca de él, profesores, educadores y padres o familiares, estén siempre atentos y «escuchen» las señales que despide un comportamiento continuado, o una actitud diferente frente a los estudios, las relaciones sociales y familiares o la propia vida. Obviamente, la adolescencia es la edad en la que más cambios se suceden en la persona, y de forma más acelerada y brusca. Por lo tanto, conviene ser conscientes también de las turbulencias emocionales que suelen acompañar ese periodo, pero no por ello descuidar la atención.
Es frecuente que durante los primeros años de vida de un niño, la atención se focalice en él, a veces de forma obsesiva, y después, poco a poco, se vaya perdiendo, también en demasía. En esto, influyen indudablemente otros factores como la acumulación de tareas, la cada vez más difícil conciliación de vida familiar y laboral, el estrés, etc. Pero estos no pueden servir de excusa inapelable para descuidar aquello que tenemos más cerca, especialmente si se trata de nuestros hijos y en particular, de su educación.
Nunca es tarde para recuperar a un alumno, pero adelantarse nos ahorrará muchos esfuerzos. Por eso, observe, escuche, dialogue y acompañe a sus hijos. Ellos se lo agradecerán algún día ¡y usted también!